sábado, 3 de abril de 2010

Cuento sin nombre

Esta es una de esas historias raras que una vez me pasó. Tal vez me la creas, tal vez pienses que no estoy en mi sano juicio o que se trata de pura ficción. Depende de vos y tus conocimientos sobre determinados asuntos.

Todo se inició con una mujer extraña que llegué a conocer muy bien. Fue en una habitación de algún hotel. Ya vestido y a punto de encender un cigarrillo comenzó a hablarme de aquello. Ella creía en una especie de amor inexplicable, inagotable, indefinible. Yo en cambio creía que el amor era cuestión de... yo no sé que creía que era el amor, aunque estaba seguro que la persona era un accidente, que de no haber sido ella hubiera sido cualquier otra. Se enfurecía cuando debatíamos sobre estas cuestiones de mariposas en la panza, de amores que matan y otros que mueren. Ella creía que había una persona exclusiva para cada mortal. A mí esas cuentas no me daban, entonces optaba por besarla

"Javier, quiero saber quien sos, sin todos esos adornos arcaicos" me dijo aún desnuda, observando la ventana, como mirando a otra dimensión de la que yo me encontraba muy lejos. me reí burlándome de su frase, pero al advertir su seriedad preferí callar.

Se refirió entonces a un juego en dónde los protagonistas terminaban por conectarse de una manera sobrenatural, logrando abrazarse las almas. Me pidió que me quitara la ropa y los zapatos, a lo que accedí, un poco por intriga y otro poco para complacerla.

Su mirada se fijaba en mí, y con una seriedad absoluta me ordenó que me deshiciera de mis vicios, y de mi pasado. Los tomé a todos juntos -vicios y pasado- y los armé en un paquetito que le entregué.

Con mi paquete entre sus manos y con ardor en sus ojos me exigió que soltara mi sensatez y mi cordura, para dejar a un lado la hipocresía. Mis nervios se apoderadron de mi, quería irme de aquel sitio, pero ella insistió en que continuara, que no lo iba a lamentar. Le pedí que no lo hiciera, que estaba demasiado confundido, que ya no quería segui jugando, pero me los arrebató de los brazos, los acumuló en una pila y los apoyó en la mesa junto a los paquetitos anteriores. Mi intimó después a deshacerme de mis victorias, fracasos e ilusiones, y tras varios rodeos, los deseché por la ventana,

Me pronunció tajantemente "tus esperanzas también!". Comencé a llorar, le imploré que me permitiera esa ventaja, que consintiera quedarme con ellas, pero se rehusó a hacerlo. Me arrodillé frente a ella y abracé sus piernas blancas, pálidas. Con dulzura y distancia me envolvió -como abrazan las madres a sus bebés- y me dijo que era necesario, y que me pediría una última cosa. Mi llanto se cortó en un espasmo, ¿es que acaso no le era suficiente lo que le dí?.

"Quiero que te arranquies la voz, tu música, y tu piel. Quiero que nada entorpezca"
Ya no pude negarme. En medio de sollozos, gemidos y lamentos, suspiré profundamente y le dije "ahora podés preguntarme".

Me miró a lo que quedaba de mí. En el aire se sentía un perfume a flores, a fresco. Curiosamente sentía alivio, una tranquilidad y felicidad nunca antes experimentada.

Sus ojos brillaban, y su sonrisa fascinaba. Comenzó entonces a apilar sus paquetitos y a deshacerse de todas sus creces y fracasos, de todos sus adornos. Entonces supimos quienes éramos.

Y esa es mi historia, fue hace mucho tiempo atrás, ya no sé siquiera por qué paminos andará, pero puedo asegurarte que nunca, jamás nadie logró desnudarme el alma de aquel modo. Ella supo de mí, más de lo que yo me conozco. Y quisiera ahora preguntarle algunas cosas.
(2007)

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